Reflexiones en confinamiento. "La Habana, hace 30 años. Madrid, hoy"
Debió ser durante mi tercer o cuarto viaje a Cuba, aunque me falla algo la memoria.
Después de una larga siesta; las noches las estirábamos hasta la amanecida, me senté frente a la antigua televisión de mi habitación, en el legendario hotel Habana Libre.
Cuando la encendí, el primer canal seleccionado ofrecía un discurso del jefe del estado. Vestido con uniforme militar y con gesto serio, el comandante Castro, se dirigía a "su" pueblo. Ni que decir tiene que no le presté ninguna atención y busqué un poco de música que me entonara, pero sólo encontré algo de folclore y volví con Fidel. Me levanté buscando el refresco de la ducha, colocándome bajo la zona de la alcachofa de la que salía más agua. La mitad de los orificios estaban obturados y secos desde hacía tiempo.
Tras unos minutos de gloria a medias, me dispuse a acicalarme con mimo, sabiendo que pasaríamos muchas horas fuera. Eran muy divertidos aquellos viajes de principios de los noventa.
Cuando completamente listo miré el reloj, faltaban casi treinta minutos, para la hora a la que habíamos quedado en la barra del bar del hotel. Allí el Mojito tenía un reconocido prestigio, aunque yo prefería la suavidad glamurosa del Daiquiri.
A ver que dice Fidel, pensé...
Hablaba de la revolución fallida ya en el este de Europa.
Acusaba a esos países de llegar a un socialismo sin una verdadera revolución.
Tiene razón en eso, medité.
La caída del muro se había producido casi de forma accidental, pocos años antes, aunque era muy deseada por los pueblos libres.
Para Castro, obviamente era un fracaso y tenía que buscar excusas y razones para defender su revolución. "La única y verdadera revolución", junto con la de la URSS, por ser las únicas que habían luchado contra el fascismo.
"Más esa auténtica revolución también se derrumbó, o mejor la derrumbaron"
Poco más saqué en claro de los más de veinte minutos que atendí al discurso, antes de salir en búsqueda de mi primer Daiquiri de la tarde.
Sí pude entender que la verborrea de un hombre preparado, aunque con un concepto limitado de la libertad, sin el uso de la fuerza, nunca tiene el mínimo alcance en la mente humana. No merecía mi atención más que aquel rato de espera y pensé que nunca volvería a recordarlo.
Hay que ver que cosas tiene la vida, decía mi abuela Aurora, una gran mujer adelantada a su tiempo.
Anoche estuve escuchando el discurso televisado del presidente Sánchez.
Tuve la misma sensación que hace treinta años en la soledad de mi habitación de La Habana.
Cientos de palabras para decir muy poco, apenas nada.
La resignación del pueblo cubano me sorprendió la primera vez que pisé el suelo de esa maravillosa isla.
La miseria que reinaba en todos los rincones, no doblegaba de ninguna manera, la vida de sus ciudadanos, ni mucho menos su dignidad.
Recuerdo una tarde en la que me topé con la larga cola, que esperaba pacientemente a ser atendidos en el mostrador de Coppelia. En aquellos tiempos, era una afamada heladería del centro histórico, que ofrecía sus tropicales delicias al ciudadano cubano, por cierto muy goloso. Al verme cerca de la multitud, varios de aquellas personas se dirigieron a mí, diciéndome que los adelantara a todos.
"Los turistas no hacen la cola"
"Pero hombre, cómo me voy a poner el primero por ser turista?"
Una señora me cogió de la mano, me "jaló" diría ella, sin delicadeza alguna, para conducirme hasta el mostrador y ser atendido de inmediato. La mirada de la dependienta me preguntaba con sus ojos qué sabor quería, ya que el formato era el mismo para todos. "Uno de mantecado (herencias de mi Padre), por favor" "Ah y uno de... fresa"
Puse dos dólares americanos en su mano y dejé el puesto a otra persona que ni miré.
Buscaba entre la cola a aquella señora que de forma ruda me llevó a la cabeza de la fila. La vi de la mano de una niña mulata, como ella. Le ofrecí el cucurucho de fresa, pero antes de cogerlo, miró los ojos de su madre (?). Un leve asentimiento y la mano de la niña lo cogió decidida y aliviada. Luego me dirigió una media sonrisa.
Recordé esa media sonrisa mucho tiempo, pero confieso que la tenía olvidada, hasta anoche.
Solo la emergencia nacional que nos asalta sin piedad y sin descanso, me ha hecho recordar aquella resignación sin perder la dignidad, del pueblo cubano.
Las graves consecuencias en forma de castigos, torturas y otras represalias, que sufrió la oposición a la implacable dictadura comunista cubana, doblegaron esa lucha de ansias de libertad que yo mismo presencié en el paraíso caribeño.
España muestra hoy, la resignación a unos gobernantes que han impuesto su ideología a la lucha contra este virus letal que nos amenaza a todos sin distinción.
Las movilizaciones del llamado 8M, no permitieron a este gobierno tan ineficaz, comenzar a pelear con todas las fuerzas necesarias.
Se retrasaron medidas por una causa que, aunque justa, habría que haber suspendido por el bien común. Por la seguridad de todos, comenzando por los asistentes.
Para entonces, los países de nuestro entorno, ya habían limitado la asistencia a eventos multitudinarios prohibiendo las aglomeraciones superiores a las mil personas. Aquí, tristemente, no hubo nada de eso. Los avisos de organizaciones medicas y científicas, cayeron en saco roto ante la corta vista de los aprovechados del feminismo de Visa Oro y American Express.
Después de aquel gravísimo error, la situación se disparató y ahora el virus galopa desbocado por las calles de toda España y sin atisbo alguno de querer parar, aunque fuera para darnos un pequeño respiro. Varios de mis amigos más cercanos se contagiaron y algunos están hoy internados con la salud muy maltrecha.
Medio país arde en críticas a esa equivocación tan sospechosa como dañina.
Comienzan a llegar las denuncias y querellas en avalancha contra esos gestores, su mala coordinación y la falta de material que personalmente, achaco a esa fecha manoseada burdamente.
A pesar de eso y de ver a una parte importante de la cabecera de la manifestación en Madrid, contagiada por el coronavirus, la otra mitad de España, defiende, eso sí cada vez con menos intensidad, la celebración de esas marchas cuya ingenua alegría se ha tornado en inconsciencia.
Las declaraciones de los especialistas no dejan lugar a la duda. "Vamos muy por detrás del virus"
"Tienen que tomar medidas más duras"
Es esa resignación del noble pueblo cubano, la que veo estos días en España.
Los discursos televisados aquí y allí son tan similares que nadie, a este y al otro lado de la mar océana, presta ya atención.
Allí sólo interesaba la cartilla de racionamiento.
Aquí sólo nos interesa el bendito momento en que se aplane la curva.
Tengo fe en que no nos falta mucho.
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PD1: En Cuba, la esperanza final se iluminaba en los ojos de los asistentes a los discursos del "camarada Fidel", cuando este preguntaba a las masas.
Entonces sabían que no quedaba mucho.
"Les pregunto si puede haber algo más grande y más justo que la Revolución?"
"Nooooooo..."
"Les pregunto si hay algo mas sagrado y más querido que nuestros mártires ?"
"Nooooooo..."
"En nombre de ellos, digo y repito:"
¡Socialismo o Muerte!
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!
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(Bueno...Vale...)
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Mi impresión es que en España, entre tanto dolor, serán pocos los que lloren por la caída de este gobierno.
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PD2
Por cierto, debió ser mi cuarto viaje, porque después de aquello, nunca volví a Cuba.
AJGCTRIANA
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