En tiempos difíciles, un poco de ayuda es mucho.
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Conocí a Ángel García Rodriguez un día triste y frio de hace casi 20 años.
Era de los pocos en aquella pequeña estancia, que no le conocía. Nunca le había visto, ni siquiera sabia de su existencia. Ese desconocimiento absoluto, no evitó que quedara inmediatamente maravillado con sus palabras, su actitud y su sonrisa.
La sonrisa de Ángel, el Padre Ángel, forma parte de su esencia misma, como cualquier otra parte vital de su humanidad. Sus manos se notan francas al estrechar las tuyas, mientras te mira a los ojos con una profundidad sincera. Sin duda, su labor solidaria ha abierto los ojos a muchos, que desde hace años comparten ideales tan altruistas, como la ayuda a las familias menos favorecidas de nuestro entorno. Su eterna sonrisa abre puertas y corazones en momentos críticos como el que vivimos hoy.
Me conmueve ese emblema que luce Mensajeros de la Paz:
"Solo ante Dios, un niño y un sin techo nos podemos de rodillas"
Hoy, más de cincuenta días después del inicio del confinamiento, me niego a escribir sobre Aviación y política, mis reflexiones preferidas. La primera, siempre con mayúsculas.
La segunda, siento decirlo, pero siempre de menor calidad.
Tendré tiempo en el futuro, para ensalzar la actividad de muchos compañeros y amigos, que han traído en sus vuelos desde el lejano oriente, el material sanitario que nuestros responsables gobernantes, no supieron traer.
Volveremos pronto, a unir personas y sueños de un lado al otro del mundo, en nuestras modernas aeronaves.
También me sobrarán días para criticar la ineptitud de los que agrandaron la tragedia.
La urgencia ahora, es parar el avance implacable del pequeño organismo y su perverso contagio.
Detrás de esta pandemia, llegará la debacle económica, como un tsunami, arrasando sobre todo a los más pobres. Siempre sobre los más pobres, se cierra el círculo de la miseria.
Esa desdicha, se ceba ya a diario con muchas personas prácticamente invisibles para la sociedad a la que pertenezco. No debería suceder, pero lamentablemente así es.
Y siendo evidente que el Padre Ángel, es único, hay muchos ángeles volando cercanos y cuidando de los mas débiles y desamparados.
A estas alturas de mi vida, tengo debilidad por aquellas personas que teniéndolo todo, se ofrecen a los demás con humildad y generosidad. Su sacrificio y entrega, abren campos espirituales enormes, a los que apenas hemos dejado en algún momento, de pensar en nosotros mismos. Por eso es por lo que he pensado : Es hora de ayudar, no?
Tengo la fortuna de conocer dos de esos ángeles, cuya actividad diaria se centra en ayudar a los más desvalidos. Ya escribí hace tiempo de APSURIA (apsuria.org ).
Una asociación sin animo de lucro, que normaliza la vida de discapacitados severos.
Vaya frase me ha salido. Normalizar la vida de personas con discapacidad severa. Solo viéndolo con nuestros propios ojos sentiremos el alcance de esas palabras.
Son el paraguas bajo el que encuentran cobijo decenas de familias y su magnífica labor, reconocida desde hace años, merece que les ayudemos siempre.
Mi consideración y cariño hacia sus responsables, es tan grande como la confianza que siento en su gestión y os animo de nuevo a colaborar con ellos. Nuria es uno de esos ángeles que os decía y es el contacto adecuado, para cualquier información que necesitéis. Simplemente, lo lleva en la sangre.
Hoy escribo sobre otra asociación seria y fiable que también merece mi atención y espero que la vuestra.
Cristina, el otro ángel de mi reflexión, forma parte de la dirección de la asociación madrileña, VALDEPERALES, declarada de Utilidad Pública por el Ministerio del Interior desde 1998, aunque lleva trabajando y repartiendo esperanza, más de treinta años.
Sabemos que no hay que irse a miles de kilómetros, para encontrar panoramas humanos desoladores, pero pocas veces vemos tan próxima, la cara mala de esta sociedad que abandona al débil y al necesitado. La Asociación Valdeperales, trabaja con familias con graves carencias educativas, económicas y culturales. Atienden a 800 personas de forma continuada, pero estos días quizás sean el doble. Y todo eso, apenas a una docena de calles de mi casa, en el distrito de Fuencarral-El Pardo.
Hace unos días recibí un S.O.S. en toda regla, sobre la necesidad inmediata de alimentos y productos de primera necesidad, para estas familias cuyo número se ha incrementado con la pandemia.
Enseguida hice mi donativo y ahora solicito la colaboración, si es posible, de todos, para evitar que un niño se vaya a la cama sin cenar o se despierte sin nada que desayunar. En estos casos de necesidad extrema cualquier donación es aprovechada hasta el máximo. No podemos imaginar las dosis de esperanza que dan dos cajas de galletas o dos sencillos botes de legumbres cocidas.
Al día siguiente de hacer mi donativo, recibí de la organización una carta de agradecimiento muy emotiva que firmaba Carla, como mi hija, llena de faltas gramaticales que me parecieron tan tiernas, como el enorme corazón rojo que me dedicaba.
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Conocí a Ángel García Rodriguez un día triste y frio de hace casi 20 años.
Era de los pocos en aquella pequeña estancia, que no le conocía. Nunca le había visto, ni siquiera sabia de su existencia. Ese desconocimiento absoluto, no evitó que quedara inmediatamente maravillado con sus palabras, su actitud y su sonrisa.
La sonrisa de Ángel, el Padre Ángel, forma parte de su esencia misma, como cualquier otra parte vital de su humanidad. Sus manos se notan francas al estrechar las tuyas, mientras te mira a los ojos con una profundidad sincera. Sin duda, su labor solidaria ha abierto los ojos a muchos, que desde hace años comparten ideales tan altruistas, como la ayuda a las familias menos favorecidas de nuestro entorno. Su eterna sonrisa abre puertas y corazones en momentos críticos como el que vivimos hoy.
Me conmueve ese emblema que luce Mensajeros de la Paz:
"Solo ante Dios, un niño y un sin techo nos podemos de rodillas"
Hoy, más de cincuenta días después del inicio del confinamiento, me niego a escribir sobre Aviación y política, mis reflexiones preferidas. La primera, siempre con mayúsculas.
La segunda, siento decirlo, pero siempre de menor calidad.
Tendré tiempo en el futuro, para ensalzar la actividad de muchos compañeros y amigos, que han traído en sus vuelos desde el lejano oriente, el material sanitario que nuestros responsables gobernantes, no supieron traer.
Volveremos pronto, a unir personas y sueños de un lado al otro del mundo, en nuestras modernas aeronaves.
También me sobrarán días para criticar la ineptitud de los que agrandaron la tragedia.
La urgencia ahora, es parar el avance implacable del pequeño organismo y su perverso contagio.
Detrás de esta pandemia, llegará la debacle económica, como un tsunami, arrasando sobre todo a los más pobres. Siempre sobre los más pobres, se cierra el círculo de la miseria.
Esa desdicha, se ceba ya a diario con muchas personas prácticamente invisibles para la sociedad a la que pertenezco. No debería suceder, pero lamentablemente así es.
Y siendo evidente que el Padre Ángel, es único, hay muchos ángeles volando cercanos y cuidando de los mas débiles y desamparados.
A estas alturas de mi vida, tengo debilidad por aquellas personas que teniéndolo todo, se ofrecen a los demás con humildad y generosidad. Su sacrificio y entrega, abren campos espirituales enormes, a los que apenas hemos dejado en algún momento, de pensar en nosotros mismos. Por eso es por lo que he pensado : Es hora de ayudar, no?
Tengo la fortuna de conocer dos de esos ángeles, cuya actividad diaria se centra en ayudar a los más desvalidos. Ya escribí hace tiempo de APSURIA (apsuria.org ).
Una asociación sin animo de lucro, que normaliza la vida de discapacitados severos.
Vaya frase me ha salido. Normalizar la vida de personas con discapacidad severa. Solo viéndolo con nuestros propios ojos sentiremos el alcance de esas palabras.
Son el paraguas bajo el que encuentran cobijo decenas de familias y su magnífica labor, reconocida desde hace años, merece que les ayudemos siempre.
Mi consideración y cariño hacia sus responsables, es tan grande como la confianza que siento en su gestión y os animo de nuevo a colaborar con ellos. Nuria es uno de esos ángeles que os decía y es el contacto adecuado, para cualquier información que necesitéis. Simplemente, lo lleva en la sangre.
Hoy escribo sobre otra asociación seria y fiable que también merece mi atención y espero que la vuestra.
Cristina, el otro ángel de mi reflexión, forma parte de la dirección de la asociación madrileña, VALDEPERALES, declarada de Utilidad Pública por el Ministerio del Interior desde 1998, aunque lleva trabajando y repartiendo esperanza, más de treinta años.
Sabemos que no hay que irse a miles de kilómetros, para encontrar panoramas humanos desoladores, pero pocas veces vemos tan próxima, la cara mala de esta sociedad que abandona al débil y al necesitado. La Asociación Valdeperales, trabaja con familias con graves carencias educativas, económicas y culturales. Atienden a 800 personas de forma continuada, pero estos días quizás sean el doble. Y todo eso, apenas a una docena de calles de mi casa, en el distrito de Fuencarral-El Pardo.
Hace unos días recibí un S.O.S. en toda regla, sobre la necesidad inmediata de alimentos y productos de primera necesidad, para estas familias cuyo número se ha incrementado con la pandemia.
Enseguida hice mi donativo y ahora solicito la colaboración, si es posible, de todos, para evitar que un niño se vaya a la cama sin cenar o se despierte sin nada que desayunar. En estos casos de necesidad extrema cualquier donación es aprovechada hasta el máximo. No podemos imaginar las dosis de esperanza que dan dos cajas de galletas o dos sencillos botes de legumbres cocidas.
Al día siguiente de hacer mi donativo, recibí de la organización una carta de agradecimiento muy emotiva que firmaba Carla, como mi hija, llena de faltas gramaticales que me parecieron tan tiernas, como el enorme corazón rojo que me dedicaba.
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