Reflexiones para buenos amigos
Sobre la amistad y otros conceptos vitales
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Nunca imaginé que llevaría mi vida la velocidad que ahora muestra.
Pasan los días de dos en dos y los meses van cayendo como las hojas de los árboles de Puerta de Hierro en otoño.
Y ya estamos otra vez en Navidad, terminando el año y haciendo un balance que cada vez me resulta más difícil.
La maldita pandemia nos ha robado varios abriles y muchos momentos de felicidad.
Y lo peor es que su obcecada insistencia parece no terminar nunca.
A pesar de esa distancia casi obligada, la familia y los buenos amigos siguen ahí de forma permanente, como centinelas en la noche.
Probablemente sea en esta época del año, con la sensibilidad a flor de piel, cuando echamos la vista atrás para valorar ese regalo en forma de amigos, que nos hicimos a nosotros mismos hace ya bastante tiempo.
Porque …
Coincidiréis conmigo, en que uno de los mayores placeres de la vida, es compartir con un grupo de buenos amigos, una animada charla entorno a una buena mesa. Un rico asado, por ejemplo, regado con un buen vino tinto, en el entorno que describo es prácticamente imbatible. A que sí ?
No es difícil imaginar las risas, los comentarios, los abrazos y la energía positiva que produce la escena.
A esa hipotética mesa se sentarían gentes con personalidades diversas y con maneras de entender las cosas de formas diferentes, pero con nexos que hacen posible la empatía y el milagro de la amistad.
Simplemente, les unen muchas más cosas de las que les separan.
Pero cuidado, está frase tan utilizada, esconde un oscuro concepto incompatible con la verdadera amistad; el interés.
Particularmente, como todo el mundo, conozco muchas personas con la que comparto intereses.
Económicos, culturales, políticos, empresariales, deportivos, sociales y un larguísimo etcétera.
Y no todos son amigos. O mejor dicho, verdaderos amigos.
La amistad como concepto de profundo calado, se separa mucho de la idea frívola, con la que a menudo se utiliza.
Hoy escribo sobre el primero.
Veamos palabras cuyo significado intrínseco se da por hecho al utilizar seriamente la palabra “amistad”.
Generosidad. Sentimiento. Disponibilidad. Sinceridad. Abrazo.
Compromiso. Compañía. Afecto. Lealtad.
Hay muchas más igualmente válidas, pero estas son suficientes para expresar lo que quiero decir.
Sin esos significados, no hay amistad sincera.
Se trataría por tanto de otro tipo de relación, probablemente con algún tipo de interés, ese interés anteriormente citado, pretendido en alguna de las partes.
O en ambas …
Pero tampoco es de esas relaciones interesadas sobre las que quiero escribir hoy.
Quiero referirme a las amistades reales. A las buenas. Las que buscamos y queremos todos.
Porque los buenos amigos son como las estrellas del cielo.
Aunque no siempre se vean, sabemos con certeza que están ahí.
Otra particularidad, a veces molesta, de los buenos amigos es que no nos dicen lo que queremos oír.
Para eso están los aduladores que pululan alrededor de aquellos de los quieren conseguir algo.
Ese falso amigo es como la sombra que nos sigue mientras dura el sol.
Una amistad nunca es un accidente.
De ahí una frase eterna que dice : Tómate tiempo en escoger un amigo, pero sé más lento en cambiarlo.
Los verdaderos amigos dicen siempre la verdad, aunque a veces duela un poco.
Ni que decir tiene que cuando hablamos de grupos grandes, la dificultad de que no se enturbie todo es aún más complicada.
Y son muchas las dificultades por las que transitan las relaciones humanas, para que estas no se disuelvan al primer envite.
El “enemigo” de la amistad, a menudo se disfraza de celos y recelos, posibles comentarios desacertados y peor interpretados, egos, orgullos, incomprensión, rutina, dejadez o abandono.
Conociendo los poderosos efectos de ese “enemigo”, el antídoto a utilizar por la verdadera amistad, tendrían que ser, como mínimo, de la misma contundencia.
Y ninguna de las amenazas anteriores aguanta el primer asalto de la mejor arma de la amistad : la comunicación.
No hay nada mejor para luchar contras los desafíos de la amistad que el diálogo abierto.
Hablar, ponerse en el lugar del otro, explicar, admitir, entender y en el peor de los casos, si hace falta, perdonar.
Saben aquellos celos, egos o posibles desaciertos, que no tienen nada que hacer contra la explicación sincera y la disculpa del amigo, si es que viniera al caso.
Todos conocemos casos de relaciones perdidas y olvidadas, por no saber afrontar en tiempo y forma una situación comprometida.
Algunas seguro que valían la pena. Otras no.
También esas que valen la pena, naufragan en las procelosas aguas de las diferentes etapas de la vida.
De nuestras vidas que no siempre son fáciles.
Me gusta pensar que la vida es una enorme playa, donde no siempre luce el sol.
Y en la noche, no siempre se ven las estrellas.
Una gran línea de costa con arena fina, donde van quedando, por un corto espacio de tiempo, las pisadas de nuestras huellas al caminar.
El viento y las olas las borrarán pronto.
Las olas serán más altas o más bajas. Más peligrosas y bravas, o más tranquilas y plácidas. Pero sabemos que nunca paran y siempre traen algo que luego otra se llevará.
Las olas de la tristeza y el infortunio llegarán con la misma intensidad, si no mayor, que las de la alegría y la felicidad. Y nadie está libre de las primeras.
Es en esas mareas altas, cuando más se echa de menos un salvavidas cercano en forma de abrazo. De mano poderosa a la que sujetarse para subirse a las rocas de la certidumbre y tomar un respiro allí, para seguir surfeando las olas de las dificultades.
También de eso trata la amistad y por eso la entendemos, ante la adversidad, como el mejor regalo.
Solo quiero por último, recordar aquella moraleja en forma de cuento, en la que un anciano entró sin avisar en la choza de otro, del que alguna desavenencia había separado, no hacía mucho.
Lentamente y sin hablar, se sentó a su lado mirando el fuego de la chimenea.
Con las tenazas apartó a una esquina, un carbón de los que ardía más fuerte y con un rojo incandescente. A los pocos instantes, el rescoldo apartado se fue apagando y el rojo incandescente desapareció, tornándose en su color negro natural.
También el resto de ardiente leña perdió fuerza y calor en la chimenea.
Pasados unos minutos, el carbón apartado parecía apagado por completo.
Los hombres se miraron de nuevo y uno de ellos, no importa cuál, volvió a colocarlo en el centro, entre el resto de carbones. En pocos segundos, se encendió dando más fuerza al fuego.
Ninguno dijo una palabra antes de fundirse en un abrazo interminable.
Entonces los dos hombres recordaron lo que ya sabían, pero entre unas cosas y otras de la vida, habían olvidado.
Que la fuerza está en la unión del grupo.
En la amistad sincera que durante años habían forjado y que por alguna de aquellas amenazas anteriores, se había difuminado.
La moraleja no habla de razones.
Habla de la fuerza del cariño.
De comprensión y entendimiento.
De generosidad.
De corazón y de alma.
Del esfuerzo continuo por mantener viva la llama de la verdadera amistad.
Del tesoro de esa amistad que todos necesitamos, pero a menudo no encontramos.
De la que nosotros afortunadamente tenemos y de la que obligatoriamente debemos cuidar entre todos.
Feliz Navidad, Amigos!
Y que allá donde paséis estos días, recordéis las risas y los buenos tiempos pasados y sintáis la alegría que sin duda, nos tiene preparado el futuro.
2021
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