REFLEXIÓN ECONÓMICA DE SEMANA SANTA ( Y UN POCO DE LEÑA AL GOBIERNO )
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Hay momentos en los que parece que el suelo tiembla bajo nuestros pies y se percibe el riesgo real, de que todo nuestro mundo se puede derrumbar en cualquier momento.
El momento que vivimos, sin duda, es uno de esos.
La bonanza económica que endulzaba nuestra existencia hace apenas 26 meses, se ha derretido como mantequilla bajo el sol de Maspalomas y ya solo vemos el envoltorio arrugado entre las dunas.
Cerramos el año 2019 con buenas cifras macroeconómicas en el primer mundo, y con la esperanza de seguir reduciendo el desempleo en España, nuestro verdadero talón de Aquiles socioeconómico.
Las buenas perspectivas que aguantaron el primer trimestre de 2020, se hundieron en marzo, ante la llegada de una plaga bíblica tan inesperada como letal.
Todos perdimos personas cercanas, en condiciones tan difíciles que nunca olvidaremos.
La oscuridad invadió nuestras vidas como no imaginamos ni en las peores películas de ciencia ficción. El color negro se apoderó de nuestras vidas por fuera y por dentro.
Apenas pasaron unas pocas semanas entre los infantiles comentarios oficiales que quitaban hierro al asunto, y el aterrizaje forzoso de aquel extraño virus, en nuestras vidas.
Nada ni nadie se salvó durante aquellos meses de zozobra.
La desazón inicial dio paso al pánico generalizado, que desembocó en un larguísimo confinamiento, del que se ha escrito ya demasiado.
Personalmente me impresionó ver las mayores calles de Madrid, vacías al mediodía.
También las autopistas y aeropuertos, tan silenciosos como cementerios.
El obligado aunque polémico encierro duró tanto, que la naturaleza recuperó espacios urbanos que el ser humano abandonó.
Vimos imágenes de delfines en los canales de Venecia.
De ballenas en las mejores playas del mundo, Las Canteras y Benidorm.
Bajaron los jabalíes a la Diagonal de Barcelona y los ciervos a la Castellana de Madrid.
También disminuyeron drásticamente los gases de efecto invernadero causantes del calentamiento del planeta.
Y decían que era casi irreversible.
Pobre e insensato el ser humano, verdadera amenaza de todo lo que toca.
Fueron meses muy difíciles, pero que también dejaron paso a alguna luz de esperanza en nuestra estúpida especie.
El titánico esfuerzo por conseguir un remedio contra el mal que nos mataba de forma tan despiadada, se convirtió en el faro que iluminaba el final del túnel.
Y llegaron las vacunas.
Pero llegaron sólo al primer mundo. El mundo que pudo pagarlas.
Y en esas estamos, pasados más de dos largos y tortuosos años.
En pocos días se eliminará el uso obligatorio de mascarillas en interiores.
Será un verdadero alivio para muchos ciudadanos hartos ya de la maldita pandemia y sus efectos.
Otros sin embargo seguiremos usándola, al menos un tiempo más.
Sabemos de la necesaria habilidad que obliga al virus a la mutación, si quiere seguir propagando su miserable existencia; pero creo que hacemos poco por vacunar al tercer mundo y así tardaremos en eliminar ese riesgo.
Bueno, ya veremos, porque toda esta introducción venía al caso de una reflexión económica actualizada, en la que pretendía resumir los serios peligros que amenazan seriamente el futuro inmediato y a medio plazo.
Bajan por fin, los efectos de la pandemia y es hora de acercarse al escaparate socioeconómico que nos deja esta.
El ingente gasto público al que obligó el maldito virus, ideó soluciones colectivas imaginativas, que hoy debemos afrontar.
Europa, en nuestro caso, facilitó el mayor paquete de estímulos jamás financiado, el NextGenerationEU. Una cantidad mareante de euros para transformar la economía de la Unión Europea y crear nuevas oportunidades para sus ciudadanos.
Por su parte, el BCE creó un enorme plan de compra de activos públicos y privados, que aprovisionó las despensas de los estados miembros. Ese chaparrón de millones, aseguró a los gobiernos de los países miembros, financiación para los diferentes planes de recuperación.
Mientras los precios no obligaran a cambiar el guión, todo iría como la seda.
La temida prima de riesgo, que en los peores días en la anterior crisis de los países periféricos, voló hasta rondar los 700 puntos básicos, se adormeció entre los algodones del BCE, en un largo sueño. Recuerdo bien la lapidaria frase de Mario Draghi : “ And believe me, it will be enough”.
Magnífico el italiano!
Ahora no la mira nadie y descansa desde hace tiempo en valores cercanos a los 80/90.
Pero todo tiene su límite y tampoco hay bien que cien años dure.
( Aunque el refrán no sea así, sí es aplicable al caso ).
Tantos años de intereses negativos, sabíamos que, tarde o temprano, alimentarían la bestia más temida en la Economía. Bueno, la segunda, aunque esta última, la peor, también estaba en ciernes.
A pesar de las insistentes declaraciones del presidente Sánchez, que ya no engaña a nadie, echando balones fuera, la inflación lleva amenazando con su huracán, más de un año.
Los precios de la energía se desbocaron hace tanto, que no sé señalar el momento en el calendario. Y que estos acabarían extendiéndose por todos los sectores productivos, era un hecho indiscutible.
La luz subió más de un ochocientos por ciento en doce meses.
( Exactamente un 873%, de marzo a marzo )
Por cierto, no me llegó ningún mensaje al móvil de los que sí llegaron cuando en época de Rajoy, subió esta un diez por ciento.
Es la magia de la Izquierda, su propaganda y la mansedumbre de sus votantes cuando ostentan el poder. Solo hay que ver las débiles reacciones de los extremistas de izquierda al envío de material bélico a Ucrania. Un par de velas en twitter y a correr.
Ay si eso lo hubiera hecho otro gobierno!
Así es España y sólo me queda añadir, que disfruten de lo votado.
Estos precios de la energía influyeron en nuestros IPC’s de forma apabullante, arrastrando al resto de servicios y productos, en una carrera ascendente vertiginosa.
Y que nadie se engañe. A pesar de que el ejecutivo insiste en decir que toda Europa padece el mismo problema, ningún país se acerca ni de forma remota a nuestra inflación, que por poner un ejemplo, dobla la de Francia y la de Grecia.
Con todo, el dato de inflación subyacente es muy inferior al que incluye energía y alimentos sin elaborar, dando esperanzas de haber visto el pico alto en estas semanas. Así lo espero.
Por si la cosa no estuviera fea por sí sola, el inefable Putin, invadió Ucrania, inventándose una guerra cuyas posibles derivadas son hoy una incógnita.
No hay nada peor que la guerra.
Nada ha sido más pernicioso para el ser humano, en toda su historia, que la guerra, cuyos devastadores efectos arrasan con todo lo imaginable, empezando por la propia vida de tantos inocentes.
Maldigo al mal nacido que originó tanta desgracia con argumentos tan estúpidos que ni en su tierra, ni a su pueblo, convencen.
Sus verdaderas pretensiones nos traerán miseria a todos, pero quizás sea Rusia la mayor pagadora de tanta ruina, con un probable default.
Espero que los altos tribunales hagan su trabajo y asistamos, desde nuestras pantallas, a un nuevo Nuremberg, esta vez más al este que el original.
El caso es que entre las cadenas de distribución, que ya mostraron distorsiones de mercado en el Baltic Dry Index, un conocido índice de fletes marítimos, hace más de un año, y el transporte por carretera, cuyos conflictos hemos visto y padecido en toda España, el coste de la vida se nos disparató, sin que el gobierno supiera por donde empezar.
Sus defensores dirán que acaba de bajarnos los combustibles en 20 centimillos.
Y es verdad.
Lo que no tengo tan claro es porqué me subvencionan a mí, por ejemplo, mi viaje de Semana Santa a la playa. Ni a tanta gente como yo.
Sí a profesionales del sector. Camioneros, transportes públicos, agricultores, ganaderos y otros eslabones de sectores básicos.
Pero al resto?
Si sabemos que los precios ordenan los propios mercados, no será más inflacionario subvencionar y permitir que sigamos comprando, para que los precios sigan subiendo?
Lo que quiero decir es que, si un producto básico, el que sea, es demasiado caro, dejará de ser comprado por la mayoría y con el tiempo, al disminuir su demanda, bajará su cotización.
O es que acaso el gobierno está comprando mi opinión, empezando por esa sensación de que no han hecho nada por luchar contra esta situación que se veía venir.
Recordar que por cada punto de inflación, la hacienda pública recauda 2000 millones más, quizás nos aclare un punto la vista. Y ahí incluimos los incrementos en las cantidades recaudadas por las subidas de la gasolina y el gasóleo.
Por eso no quiere el presidente bajarnos los impuestos.
Quitarnos la ayudita de los veinte céntimos, cuando crea conveniente, es mucho más fácil y menos visible, que recuperar esa hipotética bajada de impuestos a los hidrocarburos.
De hecho somos el único país de nuestro entorno que no ha bajado los impuestos a sus ciudadanos para mitigar la inflación y el alto precio de los carburantes.
Supongo que los muchos compromisos que tiene el gobierno con los variopintos grupos que lo mantienen y la desmesurada deuda que alcanza el 122% del PIB, ahora que comenzarán a subir los intereses de esta, no aconsejan a Sánchez relajar la política fiscal.
La errática política exterior que no para de darnos disgustos, tampoco ayuda.
Es importante recordar que España compra el 40% de su gas a Argelia.
Las importantes tensiones con nuestro vecino Marruecos, las ha arreglado el presidente con otro desatino diplomático.
Ahora también tenemos enfadados a Argelia y al Frente Polisario que acusa a Sánchez de “sucumbir al chantaje” de Marruecos.
Diplomáticamente es muy difícil hacer peor las cosas.
No es de extrañar que desde Argel se anuncie que mantendrán los precios del gas a todos sus clientes. Salvo a España.
Sí, salvo a España.
Considero que este es otro garrafal error personal de cálculo, atribuible a la escasez de principios y valores de nuestro máximo dirigente.
Que se lo digan a los habitantes de La Palma.
Viajes y declaraciones solemnes sobre ayudas que nunca llegan.
Así lo denuncia la iniciativa de Apoyo Ciudadano de Afectados por el volcán, que convocó hace escasas semanas su primera concentración ante el Congreso de los Diputados.
Mentiras y más mentiras.
Insistir en un crecimiento del PIB que sobrepase el 7% en 2022, es hoy un dislate digno del ejecutivo que pilota Pedro Sánchez.
El resto de organismos que elaboran este tipo de cálculos, incluyendo el Banco de España, la Comisión Europea o el FMI, ya han rebajado sustancialmente esas previsiones en dos ocasiones.
Y lo harán una tercera, seguro.
El cóctel de la guerra y una excesiva deuda pública, sumado a una clara desaceleración económica, el posible fin de ciclo que algunos aventuran e incluso la estanflación que preconizan los más atrevidos, invita a pensar en un cambio de estrategia en la forma de invertir nuestros ahorros y ser algo más conservadores que los últimos años.
Será el momento de rotar las carteras hacia ese tipo de activos ?
El tiempo nos irá dando más pistas y sabemos que no conviene adelantarse demasiado para no equivocarnos, pero la tendencia se ve venir desde hace meses.
Yo, por lo pronto, ya he tomado alguna medida en ese sentido, y desde hace meses miro la inversión “Value”, con mejores ojos que la “Growth”, mientras vigilo con atención la evolución de la renta fija.
Incluso asumiendo que la heroica resistencia ucraniana vea pronto su brazo torcido en el oriental Dombás y se aleje la amenaza a una guerra total, incluyendo las temidas armas nucleares, los efectos devastadores de tanta desgracia, nos afectará durante mucho tiempo.
El gobierno, nuestro gobierno, tiene en este y en otros campos, mucho margen de mejora, pero me temo que como casi siempre, estamos y estaremos solos.
Ojalá me equivoque.
Madrid, 17 de Abril de 202.
( Domingo de Resurrección )
AJGCTRIANA
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