LIDIA
Tengo los mejores recuerdos de la infancia que nadie pudiera nunca imaginar.
Son momentos anclados a un reducido grupo de personas, unos pocos amigos y mis primos. Además siempre en un mismo lugar, Triana, en Las Palmas de Gran Canaria.
En la animada Calle Mayor de la ciudad y aledaños, pasé la primera mitad, de la mitad de mi existencia.
Allí, en un ambiente familiar entrañable, crecimos y aprendimos de la vida.
Los pequeños fracasos de entonces, nos enseñaron que nada era lo suficientemente duradero como para preocuparse en exceso.
De los escasos y efímeros éxitos, aprendimos que su fragilidad en el tiempo, también te impedían un disfrute alargado.
Hoy sé que la felicidad de aquellos años, me regaló una seguridad y una determinación personal de la que me siento orgulloso.
Pasados lo años tengo la certeza de que el tiempo y la distancia no han borrado los valores allí aprendidos, ni aquel cariño que los primos, tanto “Grandes” como “Chicos”, nos teníamos.
Dice el tango que veinte años no es nada.
Pues más de dos tangos y medio después de esa infancia soñada, mi querida prima Lidia, nos ha dejado en una desolación tan salvaje como esperada.
Porque Mariluz, se fue sin avisar.
Tan de repente, que la conmoción cambió radicalmente mi supuesta paz con el paso del tiempo y con la edad.
Creo que con aquel mazazo, todos nos dimos cuenta de la debilidad e inconsistencia de un futuro, que hasta entonces pensábamos asegurado.
Ahora la partida de Lidia nos deja huérfanos de nuevo.
Pero además, con la experiencia de un dolor y un sufrimiento previos, que no tuvimos con nuestra recordada Mariluz.
Hace sólo dos días de la fatalidad y todavía lucho por borrar esas imágenes de padecimiento que me angustian machaconamente.
Sabemos que tenemos esa pelea ganada, pero me temo que pasará todavía un tiempo, antes de que cambiemos las fotografías de la memoria reciente por aquellas anteriores, donde todo era alegría.
Mi recuerdo inmediato es el de una llamada que recibí de mi hermano Luis, minutos después de salir de casa de Elena. Allí dejé a mi sobrino Enrique junto a mi primo Alejandro y sus hijos, Ale y Carmen, con la misma desesperanza que sentimos al salir del hospital.
En silencio por el inevitable desenlace, y entre recuerdos felices de Lidia, conducía por una carretera que serpentea frente a un campo precioso lleno de encinas y fresnos.
Este es el bosque que a ella le gustaba, pensé.
Lo llamaba de broma, el bosque de Sherwood.
En las curvas de esa carretera, recibí el golpe de su definitivo adiós.
No habrían pasado ni cien minutos desde que salimos de la habitación A132, del magnífico hospital Puerta de Hierro, en Majadahonda.
Mis ojos se llenaron de lágrimas silenciosas e impotentes.
En un instante, la camisa azul de rayas quedó empapada de llanto y de tristeza.
Por lo menos dejó de sufrir, dije en alto intentando sonreírle al sol que caía ya en el horizonte trasero del coche.
La corta sonrisa enseguida se tornó en una mueca fea y desagradable.
Lo sé porque me vi reflejado en el retrovisor.
La soledad de la carretera grande me permitió que gritara improperios al cielo, golpeando el volante sin perder el centro del carril.
Desde ese momento hasta esta tarde en mi terraza, cuando otra vez cae el sol dejando un cielo sin nubes, que pierde su turquesa a cada minuto, cientos de recuerdos con Lidia, me han llegado a la mente.
Tengo tantos momentos que valen la pena, que tendría que escribir varias reflexiones como esta, para evitar que caigan en el olvido.
Quizá lo haga en su memoria.
Algunos son divertidos. Otros más delicados.
Recuerdo muchos días en el Sur, donde íbamos conduciendo su coche rojo.
Debían ser los primeros años noventa.
A veces íbamos a Puerto Rico.
Una playa deliciosa, tan pequeña como artificial, pero bellísima que vimos construir de la nada, casi veinte años antes.
Otra cosa es la construcción esperpéntica a su alrededor.
En el paseo, había varios bares al aire libre, estupendos.
Allí reíamos entre ocurrencias divertidas de los trabajos de ambos.
Por entonces, daba clases en las Teresianas.
En el mismo lugar donde estudió ella misma junto a todas las primas.
Estaba hasta los pelos de las monjas. O por lo menos de algunas de ellas.
Otras veces íbamos aún más lejos, hasta Puerto Mogán.
Le encantaba pasear entre aquellas calles estrechas y coloridas.
Los abundantes macetones llenos de flores de colores, rivalizaban con la belleza de un mar azul como pocos.
Después de un buen baño, nos sentábamos a ver llegar los barcos de turistas aficionados a la pesca deportiva.
Más de una vez vimos colgar atunes enormes que pesaban allí mismo, ante los asombrados ojos de los guiris.
En una terraza con sombrillas peludas como hippies, compartimos varios veces, los filetes rojos de esos magníficos animales.
Siempre con un buen plato de "papas arrugás".
Era un lujazo pasar un día como esos que escribo ahora.
Su melena roja, como una hoguera encendida en la noche de San Juan, hacía que la gente se diera la vuelta y yo jugaba con eso, sabiendo que se sonrojaba.
En aquel tiempo la belleza de Lidia era salvaje, como a veces era su carácter indomable.
Sé que como todos, sufrió con el amor y el desamor.
Quizás por eso y por su empatía como Maestra, siempre tuvo una palabra y una sonrisa, para los hijos de aquellos a quien quería.
Una pregunta o un comentario sobre cualquiera de los míos, hacía que todo conectara al instante.
Me entristece mucho su ya rotunda ausencia, y va a ser duro imaginar que no voy a hablar con ella nunca más.
Bueno, yo seguiré hablando con ella.
Y ya veremos como me contesta.
Porque la vida es como es y aunque a veces juegue con nosotros, otras veces nos sorprende.
Y ya tengo varias muestras que lo confirman.
El que ayer esparciéramos parte de sus cenizas entre los fresnos de un claro del bosque de Sherwood, ahora “El Bosque de Lidia”, junto a la nueva casa de su inseparable hermana, ya es una señal.
Allí quedó parte de su espíritu dándole mayor belleza a un precioso lugar por donde, cuando tenemos la fortuna de la lluvia abundante, corre un riachuelo que llaman el Arroyo del Tomillar, antes de unir sus aguas al río Guadarrama.
Fuimos de uno en uno, lanzando cacillos al aire de su bosque y una plegaria, con la seguridad de que unas llegarán a las zarzamoras junto a la valla y le darán, en otoño, un bonito brillo rojizo.
Otras se arrimarán con la brisa, al cauce del arroyo, arropándolo en su camino al hermano mayor.
En los restos de un viejo fresno, dejaron todos sus “niños”, con las penúltimas lágrimas, unas bonitas flores de colores.
Después quisimos hacer unas fotos con temporizador de diez segundos, para salir todos, apoyando el teléfono de Alejandro, el de Miami, en una vieja botella de cerveza abandonada.
La primera salió bien. Perfecta.
Al segundo intento, el iPhone último modelo, cayó dos segundos antes del disparo, boca arriba e inmortalizando en la foto, al inmenso cielo azul.
Lo vi como una reivindicación.
Así también salió ella!
Fue otra señal.
Hoy, volviendo del aeropuerto, después de dejar a Silvia y a Miguel, y casi llegando a casa, recordé ese juego que invita a abrir una Biblia, escoger un párrafo al azar y comenzar a leer. El resultado más de una vez me ha asustado.
Yo lo hice en el coche pero con la radio, eligiendo al azar una cadena y escuchando la canción que sonaba en ese momento.
Joder!
La canción que sonó es la de Quevedo, el canario más de moda en el mundo y que dice : “Me acuerdo ma´ del perreito, en Plaza, en Playa del Inglés...”.
Miro el reloj y compruebo que marca la hora de salida del vuelo de su hermano Alejandro, mi querido Aitín. En su equipaje, lleva parte de las cenizas de Lidia.
Espero que parte de ellas, que ya vuelan de regreso al Paraíso, den mas esplendor al atardecer de la Playa del Inglés y las dunas de Maspalomas.
Sin duda, uno de los espacios más bonitos del mundo.
Incluso más que Puerto Rico y Puerto Mogán.
O quizás no?
Se lo preguntaré esta noche.
A ver si no se me olvida…
Para Lidia.
Fuiste un regalo para todos, querida.
No te olvidáremos nunca.
AJGCTRIANA
Madrid, 16 de Julio de 2023
¡¡¡Bellísimo!!! 💔💔💔♥️♥️
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