FELIZ NAVIDAD

Feliz Navidad




Década de los 70.
Me vale cualquiera de aquellos primeros años del decenio.
Pongamos 1971.
Una tarde del invierno recién estrenado. Mi hermano Luis, el mayor, como jefe de la expedición, se encarama a lo alto de la estantería mientras yo le sigo sigiloso y a una distancia prudente.
Abajo, en el suelo, Celi y Migue contemplan asombrados a sus dos hermanos, los “grandes”, trepando a lo alto de una habitación hasta entonces secreta.
La descubrimos por causalidad en el dormitorio de nuestros Padres, donde apenas entrábamos.
La pared izquierda estaba cubierta completamente por armarios de varios cuerpos y puertas de acceso. Todos menos la última, la más cercana a la cama, que era una especie de vestidor con una amplia estantería.
En su rincón menos visible, se colocaban muy escondidos por si acaso, los regalos de Los Reyes Magos.
Date prisa! Me espeta Luis desde la cima.
Cuando llego y apoyado, a duras penas, sobre un pie en el estante de abajo, observo un universo maravilloso de objetos envueltos exquisitamente en papel de regalo.
La sonrisa se me ilumina al ver lo que sin duda es un balón de “reglamento”.
Luis está encantado también con la sorpresa. Es que somos muy futboleros!
Rasgamos imperceptiblemente el papel rojo y vemos que es amarillo.
Justo el que queríamos.
Desde abajo, los “chicos” nos jalean preguntando en voz alta y poniendo en jaque nuestra operación.
Chisssssss! 
No griten que nos van a oír.
Si no hay nadie! Contestan los de abajo, sin tener en cuenta los súper poderes de todas las madres, que se presentan con una cautela impropia del ser humano, para sorprenderte in fraganti.
No recuerdo como ni cuánto se alargó la aventura, pero sí sé que no nos pillaron y el éxito se confirmó varias semanas más tarde, en un mañana mágica y feliz de enero.
Jugamos muchos partidos en el patio del Claret, con aquel maravilloso balón amarillo.
Tampoco desvelamos nunca el momento de uno de los descubrimientos más importantes de la infancia, manteniendo así la ilusión del misterio en nuestros Padres.
Muchos años han pasado de aquella tarde en Triana, pero anoche me vino a la memoria y no tengo más remedio que escribir esta reflexión de Navidad.
A estas alturas de mi vida, en estas fiestas tan entrañables se apelotonan en mi mente muchas sensaciones encontradas.
Las primeras, no puede ser de otra forma, son de una honda tristeza.
Las dos personas que llenaban a reventar aquellas estanterías de regalos y de ilusiones, ya no están a mi lado.
El tiempo se encargó de que la mordida del dolor se fuera disipando, pero su ausencia sigue ahí  presente, recordándome como los necesito.
Posteriormente todos los de su generación fueron poco a poco desapareciendo y los subimos a nuestro particular cielo, donde lo celebran a la manera del cielo, que no se como será, pero seguro que, conociéndolos, será divertido.
Hace pocos meses mi querida e irrepetible Lidia se unió a ellos, en una partida injusta como tantas, que nos dejó destrozados.
La nostalgia es, sin duda, una emoción noble y oportuna estos días de fiesta.
Se lo debemos.
Seguro.
Pero no es menos seguro que el otro sentimiento que debemos defender estos días señalados, es la ilusión y la alegría de compartir.
Porque nuestros abuelos y los suyos también, vivieron de igual manera la misma sensación.
Y nuestros padres.
Todos ellos supieron separar las lágrimas de sus ausencias, con las de alegría por ver a sus hijos y nietos, disfrutando de la magia de la Navidad.
Al final solo somos los maestros garantes de mantener perfectamente engrasadas, las correas de las ilusiones de los nuestros.
Y de enseñarles que en el futuro, cuando sean ellos quienes nos lloren, sepan separar las lágrimas de tristeza, de las de alegría por sus pequeños que comenzarán a descubrir los secretos de la vida.
Ojalá que podamos disfrutar muchos años lo que sentimos hoy.
También de las lágrimas, de todas ellas, que son tan humanas como necesarias y que nos hacen grandes.
Y que nos abracemos, a veces en la distancia, con nuestras gentes, en armonía y felicidad.
Por lo pronto ya tengo grabado en mi iPhone el sonido de los cascabeles de lo renos de Papá Noel y algunas de sus risotadas.
A media noche y en la oscuridad, sonarán desde nuestra terraza como en años anteriores.
Recuerdo que la última vez fueron varias las luces que se encendieron provocando la sonrisa de algún desconocido vecino.
Esta noche brindaré con un buen tinto de Rioja, como le gustaba a mi Padre, por todos los que nos cuidan desde el azul más alto.
Por todos ellos pero reservando una sonrisa especial para mi prima Lidia, cuya maravillosa voz, ya hace las delicias en el cielo.
Me la imagino, entre aplausos, saludando elegantemente a su público de la mano de Aurora y de Chelo. 
Mi Madre y la suya.
Yo me conformo con mantener ilusionado el espíritu de la Navidad y con comprobar a menudo que el color de su encendida melena roja, sigue dándole ese color especial a los atardeceres infinitos de Maspalomas.
.
Que vuele esta postal navideña por el mundo y sobre los cielos de Benidorm, Alicante, Madrid, Salamanca, Triana en Las Palmas, Lanzarote y mis Maspalomas del Alma.

Para Tama, Carla y Pablo
Para mis Hermanos y Primos.
Para mis Amigos. Sobre todo para los que han perdido hace poco a un ser querido.
Para todos aquellos que encuentren alivio en este cuento de Navidad.

AJGCTRIANA 
MADRID 24 de Diciembre de 2023



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