Y DE REPENTE,
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Desde Cofete habían visto al alemán, hablando, frente a la puerta, con un hombre joven y rubio que les pareció también extranjero.
Según se acercaban, el joven les miró sin mostrar mucho interés.
Poco después vieron que se despedían con un abrazo.
El señor Winter les esperó, mientras su amigo desaparecía de la vista tras la pared norte de la gran casa, donde había un pequeño aparcamiento.
En la distancia, al doctor le pareció que llevaba un casco de piel y unas gafas en la mano izquierda.
De su hombro derecho colgaba una cazadora de piel del mismo color que el casco y un pañuelo blanco.
Los tres majoreros vestían camisas blancas de verano y pantalones anchos de pata larga.
No era lo normal en ellos, claro, pero la ocasión lo merecía.
Costó mucho encontrar uno que le quedara bien a Echedey.
El salmantino y el alemán lucían sus trajes habituales de verano, eso sí, sin corbata.
Después de disfrutar un rato del café con un trozo de bizcocho, se dirigieron a los grandes cristales, que separaban el interior, de la naturaleza salvaje de Cofete.
- “ Que hora es? “ Preguntó de sopetón el señor Winter.
- “ Casi las cinco y media.” Dijo Bartolomé mirando su viejo reloj de bolsillo.
- “ Vamos! Síganme! Subamos a la torre. “
Esa frase de Don Gustavo sonó como una orden.
Y claro, aunque extrañados, le siguieron
Por la estrecha escalera de caracol, se apelotonaron los invitados hasta salir a la terraza almenada.
El viento soplaba intenso, como casi todos los días de verano por esas horas.
Las olas blancas avanzaban pintando sus dibujos con tiralíneas, hasta llegar a la orilla.
La placidez de la vista que serenaba el ambiente del gran salón, desapareció por completo al abrir la puerta al exterior.
El sol intenso obligó a Don Gustavo a poner su mano sobre los ojos, a modo de visera, para protegerse mientras miraba al sur.
Los otros ponían cara de sorpresa, pero sin decir ni una palabra.
Menos de un minuto más tarde se escuchó un ruido lejano, que hizo que todos se giraran hacia Punta Pesebre.
Un pequeño punto oscuro en el aire, acompañaba al sonido, que se incrementaba por momentos.
Echedey con los ojos abiertos de par en par, comprobó que la mota negra del cielo, pasaba sobre el Roque del Moro, acercándose a la casa a gran velocidad.
Bartolomé asistía al momento con una concentración que Zacarías no había visto nunca.
Para entonces el propio Zacarías y el médico, sabían que se trataba de un aeroplano.
Habían visto algunos volar majestuosos sobre sus cabezas.
Zacarías en Melilla. El doctor en la base de Matacán, tan cercana a Salamanca.
La pregunta era que hacía allí ?
Pero no les dio tiempo a hacerla, porque no tardó el avión más de un par de minutos, en alcanzar a sobrevolar Cofete.
En una pasada baja y con un extraordinario estruendo, viró a la derecha para enfilar la casa de Winter.
Y se acercó tanto en la ceñida virada, que todos pudieron ver perfectamente, que era el apuesto rubio el que pilotaba el biplano, dominándolo como quería.
Don Gustavo movía los brazos entusiasmado, saludando emocionado y contagiando al resto que le imitaron enseguida.
Le agitaban las manos abiertas y le chillaban maravillados con la escena.
- “ Es una Būcker Jungmann alemana! “ Gritó extasiado y lleno de orgullo, aunque con el ruido nadie le entendió.
Dos vueltas completas más, voló el rubio y joven aviador, alrededor de la casa antes de despedirse.
Porque le vieron decir adiós claramente con la mano, antes de iniciar un ascenso vertiginoso y dirigirse de nuevo hacia el sur. Con ese rumbo se fue alejando, mientras volvía la serenidad y la calma a los hombres de la torre. Allí mismo sintieron que habían compartido un momento único y casi místico.
Pleno de satisfacción, el señor Winter dio la orden de volver al refugio del salón acristalado.
Zacarías fue el primero que confesó la intensidad de la experiencia.
- “ Se lo tenia muy callado, Don Gustavo.”
- “ Es usted un zorro. Pero ha sido algo inolvidable.” Se atrevió a afirmar desenfadado.
- “ Y casi se me pasó.” Admitió entre risas el urdidor de la sorpresa.
- “ Su compatriota es un verdadero artista del cielo. Que manera de pilotar! “ Intervino Bartolomé.
- “ En verdad es un genio, pero no es mi compatriota sino de ustedes.”
- “ Entonces el piloto es español? “ Preguntó intrigado el doctor.
- “ Mario, que así se llama el aviador, nació en España, aunque su formación es alemana.”
- “ Es un hombre extraordinario. Los aviadores tienen una manera muy particular de entender la vida. Siempre me ha atraído su espíritu aventurero.”
- “ Hace años que se hizo con ese aeroplano. Tiene contactos en medio mundo. Y con alguno de ellos pudo comprar ese avión que combatió en la primera guerra mundial.”
- “ Según me contó, conservó el color gris de alas y fuselaje, pero prefirió eliminar los símbolos de la Luftwaffe.”
- “ Y se conocen desde hace tiempo? “ Insistió el médico salmantino.
- “ Doctor, le diría que es de una de esas amistades que se hacen por estar en el sitio y el momento adecuado. Verdad Zacarías? “
- “ Amén! “ Contestó Zacarías animado.
Las risas llenaron la estancia impregnándola de complicidad.
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