El Clásico del fútbol español. Entre la ilusión y la desesperanza.
El clásico.
Domingo 10 de mayo de 2026.
Esta noche se celebra en Barcelona, uno de esos partidos de fútbol que el mundo entero entiende con mayúsculas.
Mañana, miles de millones de aficionados, verán en Japón, China, Korea del sur e Indonesia, imágenes de las jugadas más importantes.
Más cerca y a la vez más lejos, en Níger, Malí y Senegal, los más pequeños soñarán con emular a sus ídolos, de los que ya tienen sus camisetas, de imitación, claro.
Desde Brasil a Polonia y desde Holanda, ahora Países Bajos, hasta Marruecos, los telediarios comentarán los goles y las ocasiones más claras.
No importa como lleguen los dos equipos, ni la diferencia actual en la tabla clasificatoria. Importan, desde el pitido inicial, los gladiadores sobre la arena.
Y es que en una fiesta así, donde las ilusiones vuelan al ritmo que marca el corazón acelerado de los aficionados, el resultado parece siempre incierto. Como solemos decir, puede pasar cualquier cosa.
Sin embargo, si profundizamos un poco, vemos que la regularidad, es la que en este torneo, se acaba llevando el gato al agua.
Y el resultado de este partido apenas cambiará lo acontecido en meses anteriores. Eso siempre que el árbitro no pertenezca al universo Negreira, en cuyo caso no hay nada que hacer para unos, porque para eso los otros ya han pagado.
Reconozco sin ambages el tono populista del comentario anterior, pero es que no se entiende que después de tanto tiempo, el caso que más daño ha hecho al fútbol español, no tenga ya una sentencia.
Vuelvo a lo importante con la regularidad.
Un equipo de fútbol de alto nivel no es sólo un conjunto de buenos jugadores aplicando una estrategia diseñada por su líder deportivo, el entrenador.
Un equipo serio de fútbol, entrena y practica cien veces esa jugada que reconocen los jugadores, bajo la mirada de su cuerpo técnico, hasta que sale a la perfección.
Y después sigue buscando, con balón y sin balón, como hacer daño al rival.
Un equipo ordenado, corre en ataque, tirando desmarques y buscando espacios en la creación.
Y corre en defensa, tapando huecos al contrario en la recuperación y ayudando a la última línea.
Para eso, la maquinaria física y mental del equipo, debe estar más ordenada que la mente de Oppenheimer y más lubricada que los labios de Angelina Jolie.
Toda esas virtudes más la entrega y lucha sobre el césped tienen su fruto y se ve en la regularidad de los resultados.
Eso en cuanto al juego puramente dicho.
Pero un Club es también una institución, con una serie de valores reconocibles y que se deben mantener contra viento y marea, por la sencilla razón de que a largo plazo, son rentables para la entidad.
Nada ni nadie está por encima del Club.
Cuando esa máxima se incumple, la cuenta atrás hacia el caos y la autodestrucción, se inicia. Y ya entonces es muy difícil de parar.
Me temo que en esas estamos en el Real Madrid que esta noche jugará el clásico.
En absoluto es extraño que una plantilla cuyas figuras ganan por goleada a la rival, estén a años luz en puntos, juego, intensidad y creación de ese contrario.
Figuras como Mbappé, Vinicius, Courtois y Bellingham, superan sobre el papel y con creces, a Pedri, Yamal, Lewandowski y Raphinha.
No es cuestionable. Lo dice Transfermarkt.
Solo dos jugadores culés alcanzan los 100 millones, mientras son cinco los blancos que sobrepasan esa cantidad tan impactante.
Cifran la diferencia total entre ambas plantillas, en más de 300 millones.
Quien lo diría…
Así es el fútbol y por eso nos gusta tanto.
En un mes se cerrará una temporada, una más, que el segundo club de mi vida, se queda en blanco y con una sensación muy mala.
“Es fútbol”, lo decía Boskov.
Lo que no es fútbol, es el carajal que se ha instalado en sus futbolistas y en su dirección.
Lo que no es fútbol, es el desplante de unos niñatos valientes en sus millonarias cuentas bancarias, pero pusilánimes en el césped.
Niñatos que con su actitud echan a entrenadores sobrios, mientras con pasividad hacen buenos a equipos mediocres. Dicho sea desde el respeto hacia ellos y desde la indignación hacia los míos.
Lo que no es fútbol, es la indolencia y apatía de la alta dirección, por no decir del Presidente en concreto, ante unos hechos censurables que pudieron ser reconducidos cuando se produjeron, pero prácticamente imposible ahora, meses después.
Esta noche puede pasar cualquier cosa sobre el césped del nuevo Nou Camp, lo sabemos todos. Pero quizás una victoria merengue, solo sirva para disipar unos días la niebla y lamernos las heridas de todo un año.
Tampoco una dura derrota, como espera la mayoría, creo que acelerara el proceso evidente que necesita el Real Madrid.
La fiel afición merengue, censura esta temporada a todas las capas del club, por permitir que esa falta de valores fundamentales, se haya instalado de forma persistente en todas su facetas.
Personalmente no pierdo la esperanza en que desaparezcan la pasividad, la dejadez y la inacción, pero algo debe ocurrir previo a ese cambio.
La Primera Ley de la termodinámica, puede aclararnos el asunto.
“La energía no se crea ni se destruye, solo se transforma.”
Eso sí, me temo que la transformación tiene que ser desde lo más interno y fundamental, empezando por los órganos vitales y no por los dedos de las manos.
Por lo pronto, lo que veo y leo sobre el futuro, me inquieta más que el infantil mensaje público de Valverde, tras el que fue más un duro encuentro, que un desencuentro con Tchouamèni.
Ya veremos el desenlace del desatino creado y alimentado a las faldas de Florentino. A mis amigos les deseo que ese momento, no evite que esta noche podamos disfrutar de uno de los mayores espectáculos del mundo.
Yo ya tengo las papas ‘arrugás’ con mojo en la nevera y he metido a enfriar dos latas de Mahou.
No me gusta mucho el fútbol pero muy bien expresados tus pensamientos hermano. Bravo por tu buen escrito 💗
ResponderEliminarCeli